¡UNA GENERACIÓN DESCONECTADA!

¡UNA GENERACIÓN DESCONECTADA!

Por: Juan Pablo Pérez, Comunicador Social y Periodista

Dicen que "cría cuervos y te sacarán los ojos", y tal parece que eso hicimos al entregarle a nuestros hijos, sin manual de instrucciones, la llave de un mundo digital caótico y depredador. Australia ha decidido decir "basta". El gobierno de ese país ha dado un golpe sobre la mesa aprobando una ley histórica que prohíbe el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. En ese orden de ideas, la lógica es aplastante y necesaria: si no dejamos que un niño conduzca un coche, fume o compre alcohol porque es intrínsecamente peligroso para su desarrollo, ¿por qué permitimos que su salud mental sea triturada por un algoritmo diseñado para generar dependencia?

No están solos en esta cruzada, que ya es un clamor global. Asimismo, en el norte de Europa, naciones como Noruega están afilando sus propias leyes para elevar los límites de edad, entendiendo que la autorregulación falló. El reconocido psicólogo social Jonathan Haidt, en su obra reciente, ha advertido sobre lo que él llama el "recableado" de la infancia. Según Haidt, hemos pasado de una niñez basada en el juego físico a una basada en el teléfono, disparando las tasas de autolesiones y suicidio adolescente. No es una coincidencia, es una relación de causa y efecto que nos negamos a ver.

Pero la denuncia va más allá de la psicología; entra en el terreno de la ética corporativa más oscura. Frances Haugen, la exingeniera de Facebook que filtró miles de documentos internos, profundizó en una verdad incómoda que muchos prefieren ignorar: estas plataformas saben que sus productos son tóxicos. Haugen destapó que los directivos son conscientes de que Instagram empeora la imagen corporal de una de cada tres adolescentes, y aun así, priorizan las ganancias sobre la seguridad. Si quienes construyeron la tecnología nos gritan que han creado un monstruo incontrolable, seguir permitiendo el acceso irrestricto es una negligencia imperdonable.

Hay que decirlo con todas las letras: no estamos luchando contra una simple "distracción", sino contra un diseño de ingeniería conductual. Estas aplicaciones funcionan igual que las máquinas tragamonedas de un casino, ofreciendo recompensas intermitentes de dopamina para mantener al usuario enganchado. Un niño de 12 años no tiene la corteza prefrontal desarrollada para resistirse a un equipo de cien ingenieros en California pagados para robarse su atención. Esperar que un menor tenga "autocontrol" frente a esta maquinaria es tan iluso como pedirle a un sediento que no beba agua en el desierto.

Mientras allá legislan con firmeza, aquí miramos para otro lado. El diario colombiano El Tiempo reseñó recientemente cómo esta medida en Australia marca un hito mundial que debería avergonzarnos por nuestra inacción. No obstante, en Colombia el debate es tibio, casi inexistente. Nos hemos acostumbrado al paisaje de niños "zombificados" en restaurantes, con la mirada perdida en una pantalla para que no molesten. Los medios locales informan la noticia internacional, pero nos falta la valentía política y social para aplicar ese freno de emergencia en nuestra propia casa.

Por su puesto, las voces críticas —y los lobbistas de Silicon Valley— ya gritan que la prohibición es imposible de fiscalizar. Argumentan que la educación debería primar sobre la restricción y que los chicos encontrarán formas de evadir la norma. Por lo tanto, nos venden la idea de que la responsabilidad es única y exclusivamente de los padres, lavándose las manos mientras sus acciones suben en la bolsa. Pero seamos sinceros: la estrategia blanda de "educar" mientras el algoritmo ataca ha fracasado estrepitosamente.

Desde mi punto de vista, apoyo la medida, pero no me llamo a engaños: implementarla en nuestro contexto sería un reto monumental. Es un golpe de realidad durísimo, primero, para los padres de familia, que tendrán que retomar su rol de autoridad y dejar de usar la tablet como la "niñera barata" que los alivia en casa. Y en segunda medida, para los colegios, que pasarán de luchar contra la distracción en clase a gestionar la ansiedad y la abstinencia de unos alumnos que ya no saben socializar sin un dispositivo en la mano. Es una medicina amarga, sí, pero necesaria para evitar que perdamos a una generación completa.

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