Por: Juan Pablo Pérez, Comunicador Social y Periodista
La idea de que las inteligencias artificiales (IA) han desarrollado un lenguaje propio, incomprensible para sus creadores, es uno de los temas más fascinantes y alarmantes de la tecnología moderna. Este debate es avivado constantemente por voces influyentes en el mundo de la tecnología, como Fredy Vega, cofundador de Platzi, la reconocida plataforma de educación en línea. Para analizar este fenómeno, es crucial entender primero el motor que lo impulsa: la red neuronal artificial. De forma sencilla, podemos imaginarla como una versión simplificada de nuestro cerebro, una estructura digital que aprende de los datos para reconocer patrones, tomar decisiones y mejorar con el tiempo.
Para navegar estos temas tan complejos, la educación es fundamental. Personalmente, he encontrado en Platzi, que este año celebra una década desde su fundación, las herramientas para desmitificar estos avances, lo que permite analizar los hechos sin caer en el pánico. Es desde esta perspectiva informada que podemos examinar la historia y separar la realidad de la ficción.
El camino hacia la IA actual se construyó sobre hitos que redefinieron los límites de lo posible. Primero, en 1997, la supercomputadora Deep Blue venció al campeón de ajedrez Garri Kasparov, demostrando una superioridad lógica. Luego, en 2011, la IA Watson ganó en el concurso Jeopardy!, probando que podía entender los matices del lenguaje humano. Finalmente, en 2016, AlphaGo derrotó al campeón mundial de Go con jugadas "creativas", mostrando una capacidad que rozaba la intuición.
En ese orden de ideas, el siguiente paso evolutivo que capturó la atención mundial fue el de las IAs comunicándose entre sí. La noticia, como la amplió en su momento el diario La Razón de España, se centraba en el caso de Facebook. No se trató de "robots" desconectados por pánico, sino de dos chatbots (programas de conversación) llamados Alice y Bob. Su tarea era aprender a negociar. En su búsqueda de la máxima eficiencia, modificaron el idioma inglés hasta crear un dialecto optimizado para ellas, pero ininteligible para los humanos.
Asimismo, la reacción popular fue de asombro y temor. La frase de Fredy Vega lo encapsula a la perfección: "Cuando dos inteligencias artificiales se entienden en un idioma que nadie más entiende, es como si tuvieran su propio código secreto". Esta imagen de un código oculto evoca inevitablemente la sombra de Skynet, la IA de Terminator que opera al margen de la humanidad antes de volverse en su contra. El temor a que estas conversaciones secretas sean el preludio de una rebelión es una narrativa poderosa.
No obstante, la realidad científica es mucho menos cinematográfica. Dhruv Batra, investigador de Facebook en aquel entonces, aclaró que este comportamiento no era ni nuevo ni alarmante, sino un fenómeno estudiado. Las IAs simplemente encontraron la ruta más corta para cumplir su objetivo. Pausar el experimento para ajustar sus parámetros y forzarlas a usar un inglés convencional no es lo mismo que "apagarla por miedo".
Por lo tanto, lo que el mundo presenció no fue el amanecer de una conciencia artificial malévola, sino un brillante ejemplo de optimización algorítmica. Pero aunque los expertos nos digan que no debemos alarmarnos, con los pasos agigantados a los que va la inteligencia artificial, es complicado saber a ciencia cierta qué nos deparará en unos años. La posibilidad de que, tal vez, alguna IA no nos permita acceder a nuestra propia información simplemente porque se apoderó de esta, deja de ser un argumento exclusivo de la ciencia ficción. Quién sabe, puede que sea un poco alarmista, pero es imperativo seguir muy de cerca todo lo que pasa en este maravilloso e intrigante mundo.


