El castigo de ser un ídolo colombiano de talla internacional

El castigo de ser un ídolo colombiano de talla internacional

Por: Valentina Guatibonza
Periodista - Especialista en Comunicación Multimedia

Y comenzó la carrera de Colombia en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, uno de los eventos deportivos más importantes a nivel mundial. Son 148 competidores, que demostrarán en 19 disciplinas, que nuestro país es más que solo lo que venden los medios en el exterior: una nación violenta, narcoterrorista, corrupta y con altos índices de impunidad.

Pero estos guerreros llevan a cuestas la responsabilidad y el desafío, producto de un patriotismo cojo de todo un país que los quiere ver subirse al podio, de ganar más medallas que las conseguidas en Londres hace cuatro años, cuando lograron ocho. Un sueño olímpico que comienza a convertirse en pesadilla, cada vez que los medios nacionales documentan el avance de las justas. 

Los colombianos ya esperamos grandes resultados, y como en otras ocasiones, mientras ellos más se destaquen, más los vamos a criticar. Ya ha pasado con Falcao García, Nairo Quintana y Juan Pablo Montoya; hemos puesto también en el escarnio público del conformismo a María Isabel Urrutia, ‘La Chechi’ Baena y María Luisa Calle… ¡y vaya que la lista es larga! Ahora el turno es para Mariana Pajón, Catherine Ibargüen, Fernando Gaviria, Jackeline Rentería, Jossimar Calvo y Yuri Alvear, los seis ases bajo la manga que tenemos para conseguir la tan anhelada victoria.

Podemos buscar explicaciones de tipo sociológico, ético o moral; decir que es un tema de raza, de creencia, de tradición o hasta de apoyo, porque somos una cultura con excesos de triunfalismo y baja tolerancia a la frustración, pero en este tipo de competencias hay un factor que, raras veces, juega a nuestro favor: la irresponsabilidad periodística que se ve reflejada en la opinión pública.

Y es que el periodismo deportivo en nuestro país se ha convertido en la rama judicial por excelencia; es  el juez más déspota, que sentencia sin piso jurídico ni bases fundamentadas, pero con altos índices de superflua opinión. Su criterio técnico se pierde en medio de comentarios que parecen más de hinchas que de profesionales en la materia.

Desde comentaristas deportivos hasta blogueros utilizan sus canales de información para poner en evidencia el criterio ‘objetivo’ que tienen sobre el trabajo, entrenamiento y preparación de años de estos grandes, acaparando todos los titulares y pantallas.

Sus opiniones son suficientes para que millones de colombianos, desmemoriados y exigentes, convirtamos esta actividad deportiva en otro furor ocasional, en el que no valen los esfuerzos sino los resultados. Tal como dijo el columnista de El Tiempo, Juan Esteban Constaín en días pasados: “Ay de nuestros ídolos si no nos dan gusto, como si esa fuera su obligación; como si fuera tan fácil”.

Aún estamos lejos de construir una verdadera cultura del deporte, pero esperemos que con esta nueva versión de los Juegos Olímpicos, los colombianos prendamos las antorchas, no para quemar sino para alumbrar a esta delegación que es la más nutrida hasta el momento para representarnos, pero sobre todo, para que al igual que ellos, podamos ser el reflejo de una sociedad disciplinada que juega limpio, reconoce el esfuerzo y fortalece su orgullo nacional.

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