Por: Juan Pablo Pérez, Comunicador Social y Periodista
En la profesión de las relaciones públicas, las carreras se han construido sobre cimientos de confianza, relaciones personales y resultados tangibles. Un apretón de manos, el éxito de un evento y una columna bien ganada en la prensa han sido entre otras, por décadas, la moneda de cambio que demuestra el valor de un buen estratega. Sin embargo, el presente bombardea al sector con una palabra que promete cambiarlo todo: el metaverso. Se vende como la próxima frontera ineludible, un universo digital donde las marcas forjarán el futuro de la comunicación.
La promesa es, sin duda, seductora. Pero desde una perspectiva que valora la experiencia y los resultados probados, es un deber profesional hacer una pausa. Antes de apostar los presupuestos y la reputación de los clientes, es necesario preguntarse con serenidad: ¿se está ante una transformación genuina de las relaciones públicas o frente a una distracción costosa, aunque tecnológicamente fascinante?
Sobre el papel, los argumentos a favor del metaverso para las relaciones públicas son deslumbrantes. Hablan de la posibilidad de crear eventos inmersivos que trascienden cualquier barrera geográfica. Pensemos en un lanzamiento de un nuevo vehículo, donde periodistas de todo el mundo, a través de sus avatares, no solo ven el coche, sino que pueden "sentarse" en él, explorar su interior y hasta realizar una prueba de manejo simulada. Imaginemos un desfile de modas donde los asistentes no son meros espectadores, sino que pueden probarse digitalmente las prendas en tiempo real. La novedad de estas experiencias garantiza, al menos inicialmente, una cobertura mediática considerable.
En contraste con esta visión futurista, la realidad actual es mucho más precaria y compleja. El "metaverso", como concepto único y de fácil acceso, simplemente no existe. Lo que se encuentra hoy es un archipiélago de plataformas aisladas —Decentraland, The Sandbox, Horizon Worlds—, cada una con sus propias reglas, estéticas y, lo más importante, con audiencias limitadas y fragmentadas.
Así las cosas, el primer obstáculo es fundamental: la accesibilidad. La participación en estos mundos virtuales exige un peaje tecnológico que la gran mayoría del público objetivo, incluidos periodistas clave y líderes de opinión, no está dispuesto o preparado para pagar. Se trata de gafas de realidad virtual costosas, ordenadores de alto rendimiento y una curva de aprendizaje que no es trivial. Pedirle a un editor con una agenda apretada que se sumerja en una interfaz compleja para una rueda de prensa es, en la práctica, invitarlo a no asistir.
Por otro lado, existe un riesgo que atenta contra el corazón de esta labor de PR: la deshumanización. Las relaciones públicas se nutren de la sutileza, de la lectura del lenguaje no verbal, de la empatía que se genera en una conversación cara a cara y de los resultados inmediatos de un primer buen impacto. ¿Puede un avatar, por muy personalizable que sea, transmitir la sinceridad de una disculpa corporativa o la pasión de un emprendedor? La interacción actual en el metaverso a menudo se siente rígida y desprovista del calor humano que sella las relaciones de confianza a largo plazo.
Además, las propias compañías tecnológicas que impulsan el metaverso reconocen las dificultades. Según Financial Times, Meta superará los 100 mil millones de dólares invertidos en realidad virtual y aumentada a finales de 2025, un esfuerzo monumental que evidencia tanto la magnitud del desafío como la incertidumbre de su retorno de acuerdo con el portal FT. En la misma línea, el CTO de Meta, Andrew Bosworth, advirtió en un memorando interno que este año marcará la diferencia entre un avance visionario y una “legendaria desventura” para la empresa según señala businessinsider.
Entonces, ¿cuál es la acción recomendada? La negación es tan imprudente como la adopción ciega. La estrategia más inteligente es la de la observación crítica y la experimentación controlada a pequeña escala. El valor de los consejeros experimentados reside en su capacidad para guiar a los clientes a través del ruido, no en lanzarlos de cabeza a él.
Asimismo, antes de proponer la construcción de una sede virtual millonaria, se pueden explorar tecnologías adyacentes y ya masificadas. Por ejemplo, las campañas con filtros de Realidad Aumentada en Instagram o la creación de espacios de marca modestos en plataformas de videojuegos populares como Roblox, si el público objetivo es el adecuado. Estos son experimentos medibles y de bajo riesgo que permiten a las marcas familiarizarse con la cultura digital sin comprometer su presupuesto.
El metaverso seguirá evolucionando, y el deber de los profesionales es mantenerse informados. Pero hoy, en septiembre de 2025, las herramientas que construyen legados —una historia bien contada, una estrategia sólida y una relación honesta con la comunidad— siguen siendo inmensamente más poderosas que cualquier avatar. La clave es mantener la vista en el horizonte, pero con los pies firmemente anclados en la realidad que produce resultados, con lo tradicional, por el momento.


