OÍDOS SORDOS

OÍDOS SORDOS

Por: Rodrigo Beltrán - presidente Bells Medios 

Cualquiera experto en comunicación, analista de masas, creativo, sociólogo, o estratega, podría pensar que luego de una campaña global y sistemática en Colombia concretamente de tipo institucional, reiterativa e insistente, utilizando todos los medios convencionales privados y públicos, una agresiva información de prevención y sus consecuencias si no nos ajustamos a la norma que día a día entregan los noticieros de mayor audiencia, adicionalmente un espacio de televisión nacional abierto liderado por el propio presidente Iván Duque en un buen horario (el triple comienza a las 7:00 pm.) en donde ministros, funcionarios y expertos realizan las recomendaciones… plataformas digitales, redes sociales y escenarios gubernamentales, después de todo este complejo bloque de comunicación en prevención y de monumentales esfuerzos la lección quedaría aprendida. Pero increíblemente no, en nuestro país no.  A Nuestra sociedad, me refiero, al colombiano craso en su totalidad no le ha llegado el mensaje de prevención no se ha empoderado de él mismo, tampoco la norma que debemos en nuestra cotidianidad poner en práctica, so pena de aumentar los riesgos del brote del Covid-19 para cada uno de nosotros, nuestra célula familiar y comunidad.
Mirando con lupa tratamos de establecer si es que ha fallado la estrategia integral de comunicación que creemos ha sido comprometida producto de un  estudio serio, responsable y con un lineamiento en donde persigue el bien individual y común, claro ejemplo: los millones de mensajes sobre prevención con el uso obligatorio del tapabocas y el distanciamiento social, las alertas sobre las noticias negativas en redes sociales con versiones que no corresponden a la verdad científica argumentada, etc.
 Entonces, pareciera que en vez de estar entendiendo estamos retrocediendo en materia de comunicación. Las preguntas que surgen entre otras son: ¿Por qué esos actos de desobediencia civil de "pasarse la norma por la galleta", como se afirma popularmente? ¿Qué grado de cultura ciudadana poseemos y cuál estamos poniendo en práctica?, ¿cuál es el nivel de conciencia y sentido común de valor y respeto por la vida nuestra y la de los demás? ¿Qué educación primaria y básica tienen nuestros ciudadanos para comprender estas campañas de urgencia, respaldada por la realidad de una pandemia mundial? ¿Qué nivel de responsabilidad tienen sobre sus actos? ¿Por qué las rumbas en comunidades populares y también en estratos de clase media con fiestas prácticamente masivas? ¿Qué lleva a los ciudadanos a las malas prácticas como fue el caso de la historia casi de película, en un funeral cerca a Barranquilla en donde se abre porque sí, el ataúd  de un cadáver infectado con Covid-19 en presencia de familiares y amigos? ¿Y por qué las salidas en familia de paseo a pesar de las prohibiciones por los riesgos y multas o comparendos? al parecer nadie, ni expertos tienen la respuesta pareciera se declaran impotentes del diagnóstico certero.
Tristemente y con vergüenza podríamos afirmar que esa estrategia de comunicación responsable y nítida, aunque ha sido eficiente, eficaz en la gran mayoría de los casos, inexplicablemente ha fracasado para algunos  sectores  puntuales, quizás porque se ha inundado de medidas que a diario se hacen públicas y los ciudadanos no han logrado asimilar todo este coctel de normas, comunidades a las cuales no les ha llegado con claridad. O lo otro, tanto mensaje, tanta llamada de atención, lo que ha traído como consecuencia una saturación, un desgaste y se ha vuelto para algunos el clásico paisaje en donde no logra movernos la piel y la actitud.
Lo cierto es que más que juzgar a una estrategia de comunicación que ha sido permanente e incansable utilizando herramientas de pedagogía y educación directas, claras con lenguajes sencillos frente a esta crisis en salud pública, ha ratificado lo que muchos sociólogos y analistas califican a nuestra sociedad con la definición de un estado en  grave “descomposición social” producto de igual manera del “sálvese quien pueda” que se ha juntado a un deterioro de los valores y una histórica heredada política errada en inversión en educación para todos los sectores y generación de oportunidades de desarrollo en diferentes campos.  Aquí la máquina de la corrupción también ha tenido que ver por el desfalco de los dineros de inversión en desarrollo, programas y obras de infraestructura, como es el caso del Chocó un departamento olvidado por sécula seculórum.
Los oídos sordos se pusieron de moda y la cero comunicación de un sector, todavía afirma que el Covid-19 no existe, que es una farsa y así que poco les importa, que no creen en nada ni nadie, que perdió la sensibilidad a todo lo que signifique incluso protección de vida y que está cobrando los oídos sordos de los gobiernos que nunca han contando con ellos y ahora esperan que obedezcan ante una emergencia  que se está saliendo de la brújula y del control, así pocos quieran escuchar.

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