DIME DE QUÉ HABLAS Y TE DIRÉ QUÉ EDAD TIENES

DIME DE QUÉ HABLAS Y TE DIRÉ QUÉ EDAD TIENES

Por: Valeria Esteban: Comunicadora Social – Periodista

Saber conversar es toda una habilidad que el ser humano puede adquirir o mejorar con el paso del tiempo. Es una de las formas del lenguaje que utilizamos para comunicar verbalmente o de forma escrita: ideas, gustos, opiniones, deseos, experiencias, etc. Por lo cual es muy importante para establecer relaciones interpersonales, pues es allí donde realmente nos damos a conocer.

Sin embargo, la comunicación y los temas que se tratan, van cambiando de acuerdo a la edad y a las necesidades. Empecemos con la primera infancia (de 0 a 6 años), quienes suelen hablar sobre sus experiencias diarias y el mundo que los rodea o su contexto inmediato, de manera básica, por eso sus conversaciones o expresiones a través del dibujo se refieren a la familia, los animales, los paseos y experiencias vividas.

Luego, al iniciar la siguiente etapa, de los 7 a los 10 años, el compromiso con la comunicación es más grande, el lenguaje es más complejo ya que deben poner las ideas de manera lógica, coherente y comprensible, haciendo evidente la ampliación del vocabulario. vienen las conversaciones un poco más largas,  lo cual es primordial en el desarrollo del pensamiento y el lenguaje, pues se ven obligados a expresar de forma comprensible todo lo que viven, sin tapujos, para aprender a entablar conversaciones no solo con los pequeños, sino con adultos, aunque todos los temas aún no sean 100% comprensibles.

En la pre adolescencia, entre los 11 y 13 años, los temas de conversación giran en torno a conocerse más entre sí para sociabilizar, se comparten experiencias, se desfogan emociones, se forman criterios  y son más libres de hablar con sus pares que con los mayores, pues se sienten identificados con los procesos que viven sus compañeros: relaciones amorosas, estudio, o problemas familiares. Aquí los adultos realmente pasan a segundo plano, pues “no los entienden”

La adolescencia que se encuentra entre los 14 a 21 años (adolescencia tardía) llega con todo su peso, la comunicación gira en torno a las risas espontáneas más frecuentes, burlarse de los demás no tiene fin, la música hace de las suyas, porque se impone a grito herido y a todo volumen en la casa, en los vehículos de transporte y en reuniones escolares. En esta etapa “lo saben todo” y los grandes no tienen la razón, se unen en manada y así se hacen más fuertes, forman criterios de lo que es aceptable y de lo que es correcto, a su forma.

En la Juventud, hasta los 35 años, están terminando de forman su carácter, su lenguaje parece una manifestación de irreverencia y rebeldía que los hace diferenciarse de los adultos, y tener su propia identidad utilizando un vocabulario bastante extenso con palabras como: Guevón, marica, paila, lucas, etc. que no son usadas normalmente frente a sus padres, pero si ante sus amigos, porque deben encajar entre sus pares, van contra lo tradicional porque están seguros que pueden cambiar el sistema, incluso el de La Real Academia de la Lengua.

En la adultez (entre los 36 y 60 años) y con la experiencia que da la vida, se habla diferente, con tono de voz firme y seguro, se tratan diferentes temas según el contexto, porque mantenerse informado es necesario para comunicarse y relacionarse en otros campos: trabajo, amigos, familia, etc.  La conversación cambia de manera rápida en las reuniones, pues todos saben de: cine, libros, tecnología, colegios, bancos, música, belleza, etc. y en esta etapa seguir aprendiendo es todo un objetivo para estar al día.

Cuando llega la vejez, a partir de los 60 años, se habla con más garbo, menos afán, con conocimiento de causa y las típicas anécdotas que nos hacen conectarnos. Es aquí donde se debe establecer una conexión de comunicación pura entre los de menos edad y la sabiduría que da los años vividos, donde se ha creado verdadero camino. El adulto mayor entiende que es su deber dejar los mejores mensajes que le permitan no cometer los mismos errores que el tuvo que vivir, pero el joven a su entender sabe más y no acepta recomendaciones y corta lo que sería una comunicación constructiva para mejorar su camino.

Debemos establecer un código de comunicación que permita que lo aprendido con experiencia se entregue con amor a los que vienen atrás, si esto se lograra, el mundo avanzaría más y será mejor.

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